miércoles, diciembre 12, 2018
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La pornografía es una epidemia. Cada vez son mas los cristianos se ven involucrados en este pecado que tiende a generar severa adicción. Y estoy de acuerdo con un pastor al que escuché recientemente, quien afirmaba que probablemente todo cristiano con acceso a una TV, a un celular o a una computadora ha sido expuesto a la pornografía.

En este articulo no me voy a detener a hablar de todos los motivos por los cuales la pornografía es una tragedia en nuestra generación (son muchos). Pero si quiero tomar un breve tiempo para meditar en una de las consecuencias de la pornografía; sobre todo cuando existe la tendencia a justificarla o a subestimarla cuando ya estamos casados; pero no, es probable que casarse solo agravará mas las consecuencias de la pornografía y no, la cura contra la adicción a la pornografía no es casarse. Al contrario, si tu eres adicto a esto, tarde o temprano, terminarás pornificando tu matrimonio; o dicho mas claramente: tus relaciones sexuales con tu esposa estarán influenciadas por practicas que “conoces” gracias tu relación con la pornografía.

La pornografía no se sustituye

Una de las tonterías mas grandes con las que alguien puede entrar al matrimonio es pensar que al casarse acabarán sus problemas con la pureza. Algunos toman aquel consejo de Pablo de “es mejor casarse que quemarse”, como una indicación a que tener relaciones con tu esposa es la cura para dejar de masturbarte o de andar buscando sexo impuro. Vaya mentira.

No podemos ser tan ingenuos como para pensar que algo malo se va a convertir en algo bueno, porque la motivación sigue siendo la misma: uno mismo. Podría ser algo así como “Se trata de mi placer, y si necesito una esposa para que ese placer sea legítimo, entonces me casaré”. 

No me malentiendas; yo si creo que el matrimonio es el único medio por el cual podemos y debemos disfrutar el sexo; y también creo disfrutar del sexo con nuestro cónyuge es una herramienta con la que podemos guardarnos del pecado de impureza sexual. Pero, quiero dejar algo muy en claro; si no luchamos contra la pornografía o cualquier otra perversión sexual, tarde o temprano eso volverá a salir a La Luz en nuestro matrimonio y las consecuencias serán destructivas.

Son muchísimos los esposos que en oculto ven pornografía o siguen batallando con la masturbación; son muchísimos los cristianos casados que viven probando la hiel del pecado en medio de lo que ellos creían que sería “la cura” para sus adicciones sexuales. Y también, lamentablemente, son muchísimos los esposos que han pornificado su matrimonio.

Tim Challies ha escrito un libro que debería ser un “must” para todo hombre cristiano. No estoy diciendo que las mujeres no luchen con la pornografía, pero el libro tiene el enfoque de hombres, sobre todo hombres casados. El libro se llama “Limpia tu mente” y ahí Challies afirma lo siguiente:

La pornografía tiene el poder singular de dañar el matrimonio porque, en última instancia, es una práctica enfocada en el ego y no en la unión.” –Tim Challies (Limpia tu mente)

Aunque la pornografía por si misma es aisladora y atenta contra la relación sexual diseñada por Dios; el pecado suele mutar y termina siendo parte del acto sexual. Las esposas son vistas y usadas de acuerdo al contexto enfermizo mental del adicto a la pornografía o adicto al sexo. Esta es una imagen aberrante de lo que Dios quería para el sexo dentro del matrimonio. Es maquillar el pecado de impureza usando al cónyuge para desahogar la excitación. Es tan absurdo como fumar marihuana orando antes de disfrutarla. 

Challies lo dice muy fuerte, pero certero:

Entregarte a la pornografía es permitir que tu percepción entera de la sexualidad sea alterada y moldeada por pornógrafos profesionales. Tú, el hombre a quien Dios ha llamado a amar a su esposa como Cristo ama a la Iglesia, ¡podrías estar mirándola a través de los ojos de un pornógrafo! ¿Te gustaría que algún productor de videos pornográficos en Internet mirara fijamente el cuerpo de tu esposa, de arriba abajo, evaluándola con un conjunto de estándares que literalmente son condenables? Y, no obstante, ahí estás tú mirándola a través de los ojos que hombres como estos te han dado. Les has entregado tu vista. Les has dado una parte de tu alma. Y a cambio te han regresado tu alma magullada y sucia, y tu vista fracturada y distorsionada. Entonces, mi principal preocupación por los hombres jóvenes casados de hoy (más aún por sus esposas, o futuras esposas en el caso de los hombres solteros) es que «pornifiquen» la cama matrimonial, trayendo una fétida contaminación a aquello que Dios quiso que fuera puro, y un repugnante egocentrismo a aquello que Dios quiso que fuera altruista.

Pornificar tu matrimonio irremediablemente llevará a que tu vida sexual y la de tu esposa estén manchadas con la pornografía; actos que no son sanos, actos violentos, actos que degradan a tu esposa. Aquella repetida pregunta de “¿Es correcto hacer esto en el sexo?” debe ser cambiada mejor por “¿Donde supiste que eso se puede hacer?”. La respuesta revela nuestro corazón. El veredicto: hemos pornificado nuestro matrimonio. ¿La cura? Jesucristo.

¡Desintoxícate ya!

La pornografía no se debe sustituir, se debe abandonar por completo. Y debemos, con la ayuda del Espíritu Santo y con mucho trabajo bíblico, limpiar nuestras mentes de todas las porquerías a las que hemos estado expuestos. Arrepiéntete y ven a Jesús; el evangelio también resuelve esto.

Hay esperanza, pero se requiere de mucho trabajo ya que la pornografía es adictiva. No digo esto como una mera frase, en serio es adictiva. Químicamente tiene efectos parecidos a otras drogas; por lo tanto, no puedes pelear contra esto como peleas contra otros pecados. Es una maldita guerra ¿Leíste bien? Es una guerra por tu pureza, por tu vida espiritual, por tu familia, por tu matrimonio, por tu ministerio. Tómalo muy en serio.

La pornografía no se debe sustituir, se debe abandonar por completo. Clic para tuitear

¿Mi recomendación? Ve con tu pastor o con un cristiano maduro y confiesa tu batalla, exponte ante tu esposa sabiamente y con prudencia, comienza a rendir cuentas sobre este pecado (con otros hombres), cambia tus hábitos, llena tu mente de todo lo puro, lo de buen nombre; aléjate radicalmente de todo aquello que huela a impureza, depura tus redes sociales, elige bien tus series en Netflix, deja de subestimar las imágenes, pero sobre todo: pide a Dios que cambie tu corazón, que cambie tu mente y simplemente DEJA TU MAL CAMINO. 

¡Hay esperanza!

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